Artxibo rtf
(44 - 2008ko Martxoa)

Carta abierta a nuestros gobernantes:

 ¿UNA ESPIRAL SIN FIN?

Del desarrollo en espiral. La realidad es resultado de la interrelación conflictiva entre opuestos. El de la conciliación entre los mismos, es un estado relativo, volátil y por demás transitorio entre momentos de la lucha sin cuartel que desarrollan entre sí. El conflicto y el movimiento son el absoluto, el estado natural de todas las cosas. Un conflicto nunca se resuelve a través de la síntesis, sólo se supera con la victoria de una de las partes en pugna. Como consecuencia de ello, el desarrollo de los procesos históricos es un desarrollo en espiral, porque permanece el conflicto, reaparecen sus rasgos de confrontación más conocidos, y es ascendente al transformarse el conflicto en cambio que hace progresar a la realidad. Esta es la visión marxista-maoísta del desarrollo de la realidad social basada en la teoría de la contradicción, fundamento de su materialismo dialéctico.

Pero, ¿es éste un enfoque cabal a la hora de analizar la realidad de Euskadi?  Más todavía, ¿qué tiene que ver lo expuesto en el párrafo antecedente con nuestro conflicto? La visión a la que he aludido es una más de las visiones de la realidad vasca que compiten en nuestro país. Al decir esto, sin embargo, no reflejamos con suficiencia ese influjo que tienen en nuestra situación las acciones realizadas por quienes ven las cosas desde ese punto de vista. La realidad, hoy y aquí, es que ETA está en la agenda política. Para afrontar las exigencias que este hecho plantea, los dirigentes políticos de todo signo tienen la obligación de conocer la racionalidad revolucionaria a la que la organización terrorista se atiene.

El fracaso de la gestión de paz de Zapatero tiene mucho que ver con la desinformación generalizada que padecen nuestros mandatarios sobre este particular. No digo que Zapatero no debiera haber abierto el proceso de paz. El deber de toda autoridad es crear nuevas oportunidades y desarrollar nuevas iniciativas para avanzar en el bien común. Pero, también es su deber acudir a las mismas sin improvisación, con el conocimiento y la prudencia necesarios para extraer de aquellas el máximo provecho para el interés común de la sociedad. Desde este punto, el fracaso del presidente es evidente.

De ese fracaso provienen las consecuencias. Tras la ruptura formal de la última tregua por ETA, se ha producido el rearme de los opuestos que alimentan la dinámica de espiral. A la acción revolucionaria de ETA y el MLNV, que se expresa y ejecuta en red, el estado ha respondido con una represión que implica ‘a bloque’ a todos sus poderes. Este combate a ‘bloque’ supone la identificación de todas las actividades del MLNV o de su periferia ideológica, de por sí segmentadas y sin relación orgánica, como acciones de colaboración con el terrorismo. El riesgo de combatir un ‘múltiple inorgánico’ como si fuera una estructura monolítica es que esta represión erosiona al estado democrático más que a su enemigo, que éste se reproduce en un contexto victimista que le es propicio y que, además, siempre hay importantes nodos del múltiple inorgánico que quedan intactos. Las estrategias simples nunca sirven para afrontar fenómenos complejos.

Recientemente, el lehendakari Ibarretxe ha hecho una (auto)crítica acertada referente a ‘que caminamos en espiral’ y a que ‘reflexionamos en espiral’, seguida de un compromiso de ‘romper la espiral’. El ‘todo es ETA’ de Garzón y el ‘denok terroristak gara’ que se oyó en el acto pro-Egunkaria son expresión de esa espiral. Desde dentro de ella, quedaríamos abocados a la única alternativa de elegir entre el alistamiento en las filas de la agresión o la militancia en el ejercicio de la defensa propia. Por supuesto, a este esquema se ha adherido nuevamente ETA, en su posicionamiento ante las elecciones del 9 de marzo. Así, mientras los participantes en las mismas justificarían la agresión, la abstención y el boicot electoral corresponderían a una actitud de respuesta, de legítima defensa como pueblo.

Del desarrollo en espiral de nuestro conflicto no cabe esperar otro progreso histórico que el del sometimiento de todos a la pauta de progreso fijada por ETA, en su aplicación de la dialéctica marxista-maoista a la realidad vasca. Pero, realmente, esta forma de espiral de conflicto sólo aporta un deterioro imparable para la vida material, moral y cultural de los ciudadanos vascos. Una espiral de conflicto cobra su peaje siempre en víctimas. Víctimas personales, daños materiales y ruina moral. Y es un volver en el que la nueva vuelta se monta sobre la vuelta anterior. Una verdadera guerra de desgaste que, de  prevalecer, arrojaría al cubo de basura los más sobresalientes activos que dispone el país: su positivo desarrollo pese a la violencia, su capital e infraestructura sociales y su autoestima.

En realidad, a nadie en sus cabales puede parecer lícito que la materialización de un seductor futuro, sea de ‘derrota del terrorismo’ o de ‘independencia socialista’ haya de pasar por el derribo de un presente pleno de expectativas.

La espiral vasca y el cauce central. Del reñidero vasco se ha dicho y escrito de manera abundante. En medio de esa abundancia de referencias a nuestros conflictos, a lo que nos enfrenta, a lo que tenemos que resolver, pocos han definido tan acertadamente la naturaleza actual del problema como Ibarretxe. Nos movemos en una espiral que nos perpetúa en la misma crisis. De ahí se deriva la necesidad de ‘romper la espiral’, neutralizando el desarrollo de las fuerzas antagónicas que la alimentan, para que la política avance o se normalice en beneficio del bien común de las gentes vascas.

¿Es posible una salida vasca, de la mano de un modelo vasco, de esta espiral vasca? A veces, no es malo definirse por referencias a experiencias ajenas. Está muy bien, sin duda, conocer lo que se lleva en otros lugares. Pero, no es muy congruente postular que somos capaces de decidir nuestro propio futuro conforme a nuestro criterio y desestimar al tiempo nuestra experiencia como una de las fuentes más cabales a la hora de conformar dicho criterio. Cansa ver a nuestras autoridades apelando categóricamente a la vía ‘quebecois’, a la fórmula escocesa, al proceso irlandés o al ejemplo de Montenegro o Kosovo, pero sin ideas ni iniciativas que arraiguen en el ánimo del país. A veces, parece que prevalece la pura imitación externa despreciando nuestra propia experiencia histórica y la realidad actual. Tanta pretensión de ser referencia mundial en innovación de procesos comunes a todos los mortales se contradice con la falta de iniciativa propia ante problemas específicos que pueden arruinarnos como sociedad y pueblo.

Nuestro pueblo es conocedor de espirales de conflicto sin fin, de círculos viciosos de antagonismo tan graves como los vividos en las guerras de los parientes mayores o los que se han sucedido en los últimos doscientos años. No obstante, una afirmación semejante no daría cuenta exacta de la realidad, si a su vez no informara de la histórica aportación de instituciones y movimientos políticos y sociales a la implantación de un cauce central que neutralizara la tendencia de algunos extremismos al antagonismo perpetuo. En este sentido, podemos sostener con rigor histórico suficiente que, desde su mismo surgimiento, el nacionalismo ha realizado una acción política de carácter democrático orientada a superar todo tipo de dialéctica auto-destructiva.

Cuatro experiencias aleccionantes. En este apartado, pretendo recuperar cuatro ejemplos, históricamente contrastados todos ellos, del aporte al ‘cauce central’ que en los momentos más comprometidos del pasado reciente de nuestro pueblo han realizado agentes, partidos e instituciones que se han identificado o han contribuido con procesos socio-políticos de signo constructivo.

El primer ejemplo nos sitúa frente al nefasto siglo XIX, tras el que la irrupción, al filo del siglo pasado, de los grandes movimientos modernos de masas –nacionalismo y socialismo- contribuyó a la definitiva sustitución de la espiral belicista carlista-liberal por una confrontación repolarizada, aunque no armada, en torno a otros términos sociales y políticos. Los nuevos temas de conflicto se socializaron y canalizaron a través de instrumentos de participación y movilización que implicaron a sectores cada vez más amplios de la sociedad, empujando a su vez al sistema político a dar un salto democrático hacia el sufragio universal.

El segundo de los ejemplos se refiere a la guerra del 36. Tras la sublevación de julio que la antecedió, a la par que se demostraba que la escalada bélica era irrefrenable, la lucha se desenvolvió cada vez más en términos de revolución frente a reacción, y reacción contra revolución, entre posiciones irreconciliables cuya espiral de enfrentamiento derivó sin remisión hacia la persecución, la matanza y la destrucción indiscriminadas. En Euskadi, mientras tanto, el Estatuto de Autonomía instauró una autoridad democrática, de composición plural, que realizó una acción de gobierno muy alejada de esa inicua dinámica. El ‘Oasis Vasco’, de la mano del lehendakari Agirre, se caracterizó por el mantenimiento del orden público, por el ejercicio del pluralismo político, por su oposición a la política de ‘tierra quemada’, y por un respeto notable a las libertades. En definitiva,  el Gobierno Vasco buscó, en las excepcionales condiciones en que se gestó y gobernó, la línea de ‘cauce central’ en una política de fidelidad democrática,  empeñada en la humanización de la guerra.

El tercer ejemplo proviene de la experiencia de la resistencia vasca ante el franquismo. El Gobierno de Agirre había visto fracasadas las expectativas que se habían trabajado con las potencias mundiales con el objeto de demoler el régimen. Había visto que a pesar de sus esfuerzos la unidad estratégica de los republicanos se disolvía por todas partes y que la resistencia se desmoronaba en el resto del Estado. En estas condiciones, ante la incitación de algunos sectores a que la resistencia intensificara la confrontación,  recurriendo a todo tipo de medios y desplegando una espiral de ‘acción-reacción’, iniciando una guerra de erosión que podría haber ocasionado terribles consecuencias para los vascos, el nacionalismo y Agirre optaron por no avalar una conducta de este estilo y apostar por una línea de ‘cauce central’, una línea resistente sin holocausto revolucionario, una postura resistente de afirmación democrática y construcción social y política.

A partir de ahí, forma parte de la gestión de Agirre y su Gobierno sostener, en primer lugar, la legitimidad democrática de la primera institución nacional vasca frente a la progresiva validación internacional del régimen dictatorial. En segundo lugar, el Gobierno y los colectivos a él asociados estimularon una resistencia que, además de realizar múltiples acciones de agitación y propaganda, se hizo presente en todos los ámbitos de la vida social consolidando muy eficazmente una sociedad civil de naturaleza resistente. En tercer lugar, se optó por una línea estratégica que buscó construir la infraestructura económica, social y cultural (a través de una amplia movilización de profesionales con conciencia de País –fuesen o no nacionalistas- a favor de iniciativas constructivas) que creció esquivando el choque frontal con el régimen y que implicó una gran movilización social y estimuló un verdadero renacimiento nacional.

El cuarto ejemplo, el último y más reciente de todos, nos remite a la gestión de la transición vasca. Pese al esfuerzo realizado en la línea descrita en el ejemplo anterior, la Euskadi de finales del franquismo parecía estar a merced de una espiral de violencia sin solución. La concentración de tensión armada, de ‘toma y daca’ terrorista, producto de la acción revolucionaria y de la represión contrarrevolucionaria (estatal o paraestatal), podía llevar a la ruina a todo un pueblo que sólo esperaba la oportunidad de expresar su voluntad democrática, para dejar claro su inapelable rechazo a quienes alimentaban la espiral en su nombre.

Al tiempo, el pueblo vasco y la mayoría de las fuerzas políticas apostaron por el desarrollo democrático del ‘cauce central’. Como cabía esperar, al recuperarse las instituciones quebradas por la dictadura, el proceso democrático en Euskadi implicó la ruptura política. La autoridad democrática, perseguida y condenada por la dictadura, fue reconocida por la nueva legalidad. La nueva sociedad política vasca se fraguó como un pacto entre constitucionalistas y críticos con la constitución de 1978, un pacto que buscó resolver los problemas que presentaba la constitución objetada por la mayoría de los vascos. La nueva norma vasca instituyó al pueblo vasco como sujeto político. A ese pueblo vasco pertenece, según la disposición adicional del Estatuto, la determinación de su futuro que debe, no obstante, implantarse en referencia al ordenamiento jurídico.

No cabe ninguna duda que sin el desarrollo de este ‘cauce central’, aunque resultara en la práctica más limitado que las expectativas que creó, sin la conformación de la sociedad política vasca, sin la restauración de las instituciones perseguidas, sin las acciones y proyectos concretos que éstas han acometido en estos casi 30 años, la espiral de violencia podría haber crecido hasta límites que hoy no imaginamos y Euskadi podía haber sucumbido.

Del ‘cauce central’ como infraestructura de normalización. Una gestión política de ‘cauce central’ no se puede representar sobre un plano. A mi modo de ver, no se trata de una referencia meramente espacial, no es el ‘tercer espacio’ que se define por la distancia respecto a los dos que alimentan la espiral. No se define ni por la equidistancia ni por el centrismo político. El ‘cauce central’ es para una comunidad política una necesaria infraestructura de normalización, un patrimonio social, y no un simple reclamo electoral. Como infraestructura de normalización, canaliza el flujo de valores y principios (un espíritu público) con el que se identifica el grueso de la sociedad y que fundamenta la sociedad política. Sólo una línea política embebida de estos valores y principios será capaz de crear un movimiento poderoso, que se sostenga en el apoyo popular, que supere la amenaza de la espiral.

Los ejemplos mencionados en el apartado anterior no son desechables. La historia del nuestro país es un continuo, y deberíamos sacar el máximo provecho de la experiencia acumulada que forma parte de nuestra cultura política. Propugnar que, ante cada nueva generación, se pueda descartar el pasado, empezar de nuevo y desmantelar las instituciones, es desbordar el ‘cauce central’.

 

El éxito de Ibarretxe, entre los años 2000 y 2001, fue consecuencia de que logró articular su discurso con las tres enseñanzas más significativas de la experiencia histórica del ‘cauce central’ en Euskadi. Así, la defensa de la dignidad humana como compromiso ético, el respeto a las decisiones de los vascos y a la legitimidad de sus instituciones como compromiso democrático y el compromiso político de integrar a los vascos de todo color, naturaleza y nacionalidad a la hora de decidir juntos nuestro futuro. Estos tres compromisos definen a mi juicio los tres motores del ‘cauce central’. El ético y el democrático son los que gestionan las orillas. El político es la capacidad de integración del cauce, la condición de transversalidad que posibilita la incorporación constante de las corrientes de las orillas a la más rápida dinámica del ‘cauce central’.

El cauce simboliza un proceso abierto y autorregulado que se hace realidad dinamizante en las instituciones. Prescindir de ellas es devastar el cauce. Las nuestras son unas instituciones creíbles, valoradas por los ciudadanos y por ello estables. El cauce recoge multitud de corrientes. ¿Por qué habríamos de optar por un modelo o un proyecto cívico de horma única? En otra ocasión, he defendido una fórmula de ‘modus convivendi’.  Creo que es la que mejor se corresponde con la figura del ‘cauce central’.  Sostengo un ‘modus convivendi’ en el que todos los proyectos sean posibles sin imposiciones ni patrones únicos, con una regulación pactada que facilitaría la convivencia entre las diversas aspiraciones y sentimientos del país.

¿Funciona hoy el ‘cauce central’? Hoy y aquí, ¿no es cierto que caminamos, nos movemos, reflexionamos… en espiral? Frente a las amenazas del presente, se hacía necesaria una hoja de ruta. El lehendakari la ha expuesto en el Parlamento. Pero era y es también necesaria una acción política que recabe movilización popular, de la mano de un liderazgo sólido que afronte con iniciativa las dificultades del recorrido. Transcurridos varios meses de este recorrido, da la impresión sin embargo que no hay tal acción, no al menos de la mano de las instituciones y que es aun débil el liderazgo. Cuesta creer que una iniciativa de este calado pueda prosperar sin la movilización popular que implique a los ciudadanos vascos en su día a día, de forma más profunda y vital que el acuerdo con unas eslóganes en las que hay más radicalidad floral que discurso coherente con un plan de transformación económica, social y cultural. En estas condiciones, ¿ayuda al plan un calendario tan estricto y sumario?

Parece que ni tan siquiera se ha desplegado la hoja de ruta, que las posiciones de todos los políticos siguen marcadas por la espiral mientras se esperan acontecimientos: elecciones a Madrid,… Movimientos sociales como Erabaki que creen prescindible la mención al protagonismo de las instituciones vascas ocupan su lugar. El lehendakari explica en el exterior el alcance de su propuesta y, mientras tanto, en Euskadi se condena a autoridades vascas, ETA recurre al terrorismo de la dinamita o del tiro en la nuca y se vaticina ‘el derrumbe de la democracia’ (Urkullu, Ziarreta y Madrazo). ¿Cauce central en América y espiral en Euskadi? ¿Qué esperanza presente y cierta nos ofrecemos a los vascos, en cuanto vecinos que convivimos día a día, en cuanto trabajadores y empleados de empresas o instituciones, frente al callejón sin salida de la ‘democracia cero’? ¿Vamos a agotar nuestro decir y hacer en un deprimente quejismo del deterioro democrático?

Decía el lehendakari Agirre: "¡Ah! Pero a pesar de todos los defectos de la democracia, ¡que diferencia, señores, con los regímenes de violencia!". Y añadía sin resignación: "la historia registra que aun los regímenes demagógicos más violentos –éste es el peligro de las democracias- han terminado en un orden que la propia naturaleza humana inclinada a la paz y al progreso impone". La historia ciertamente registra como inevitable el progreso democrático. Pero, la política no es una sala de espera. Y nos falta acción, acción democrática, para evitar que el hundimiento democrático llegue a ser en Euskadi ‘la profecía que se autocumple’.

La solución, tanto ahora como siempre, está aquí dentro. La solución está en implicar a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestros vecinos, a nuestros ciudadanos, en la dinámica de normalización, entendida como un activo para todos; como una oportunidad para todos los proyectos. Para los nuestros y para los de los demás, proyectos a materializar entre los límites ético y democrático. Por eso, encauzar la solución –el ‘cauce central’- no es sólo decidir (erabaki), sino ejercer la decisión (egin-eragin), concretándola día a día. Ejercer la decisión es asimismo pactar y ejercer el pacto nos obligará a nuevas decisiones... para avanzar sin caer en la espiral del antagonismo destructivo.

 

Joxan Rekondo

(2008-03-02)

 

 

 

 

 

Notas posteriores:

El asesinato de Isaías Carrasco. ETA ha vuelto a matar. Su reiteración criminal nos inquieta y subleva. Es, sin duda, nuestro enemigo público número uno. Combatir a ETA con éxito debe ser, por consiguiente, una prioridad de la política. De todas las instancias políticas concernidas en nuestro país, por supuesto. Pero, sobre todo, de la política vasca. Tenemos que operar con todos los instrumentos legítimos de que disponemos para luchar contra el terrorismo vasco; un terrorismo que, en aras de un ‘nuevo hombre’ y un ‘maravilloso’ futuro que muy pocos en Euskadi desean, ejecuta la completa abolición de toda expresión de la dignidad humana y la supresión pura y simple de la experiencia democrática de los vascos de hoy.

¿Qué pretende ETA con el asesinato de Isaías Carrasco? Tras una tregua, el terrorismo retorna siempre a las armas con mayor saña y agresividad, con el objeto de recrecer el conflicto y recuperar capacidad de presión política. La pregunta más común estos días es sin embargo si la organización armada ha querido de esta manera intervenir en el resultado electoral. Aunque esta posibilidad no parezca descartable, opino que la finalidad que persigue tiene un alcance mayor que el mero condicionamiento de las elecciones del 9 de marzo. En realidad, ETA ha cometido este crimen oprobioso, esta aterradora vileza, con una intención claramente provocadora. En efecto, su propósito no puede ser otro que provocar una terrible reacción, una represión de gran magnitud, que fuera visiblemente desproporcionada, y que trajera consigo la victimización masiva de amplios sectores de la sociedad vasca. Se trataría así que a mayor represión, se respondiera con mayor solidaridad, mayor participación, mayor compromiso con la ‘herri borroka’, que es el contexto de adhesión o tolerancia en el que se habilita, prospera y se despliega ETA. La temible espiral que se derivaría de caer en esta provocación criminal podría ser imparable.

Elecciones del 9 de marzo. Las cuestiones planteadas en mi artículo no explican, por sí solas, la debacle electoral del nacionalismo. Pero, tampoco son ajenas a ella. No se puede combatir la espiral, haciendo política a expensas de ella, o solamente reaccionando ante ella. Para superarla, hace falta impulso e iniciativa. No basta con diseñar un buen plan. No basta con que este plan tenga todas las características de ‘cauce central’. Hace falta además activar una nueva política que no se agote entre elites y burocracias de distinto signo, entre atávicos prejuicios y estériles debates sobre arquitectura jurídica. Y hace falta atender las preocupaciones de la sociedad, exponer los argumentos entre la gente y estimular la participación cívica en el proceso.

Joxan Rekondo(2008-03-10)